Nervios en El Centro de Salud

Un hombre calvo con un cordel colgado a su grueso cuello pega una pegatina en mi teta derecha que pone “Dona Sangre!”. Llevo mis auriculares puestos, mis manos están sudadas, y mi música a tope, le muestro el símbolo de “OK!” y entro corriendo al centro de salud. Su boca aún sigue gesticulado pero yo solo escucho guitarras eléctricas.

Tengo 25 años y he vivido con diabetes tipo 1 desde hace 17 años. Hoy estoy acudiendo por primera vez al centro de salud de mi barrio en España, donde vivo y trabajo. Tengo más miedo que siete viejas. Temo que la administrativa nos eche a mí y a mi acento americano. Temo que, si me dejan ver un médico, me dirá que tengo que vender mi alma al diablo a cambio de insulina y tiras reactivas.

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La secretaria no está de buen humor y parece que no quiere ver a nadie; me dice que mi posible inclusión en el sistema nacional de salud es “imposible.” A eso estoy acostumbrada. He logrado hacer muchas cosas imposibles en España. Insisto. Empujo otra vez mis documentos hacia su lado del escritorio. Veinte minutos después, tengo una tarjeta sanitaria vigente para los próximos 5 años y una cita con el médico de cabecera.

Mi médica es guapísima. Lo sé porque tengo ojos y también porque el viejo verde, sentado a mi derecha en la sala de espera, le hace sonidos de cortejo al verla salir. Ella me invita entrar a su consulta. Piensa que mi nombre es Elizabeth, que por cierto es mi segundo nombre, pero no le corrijo. Es más fácil pronunciar Elizabeth que Seonaid. Me siento y ella me mira. “Dime.” Le digo lo que necesito y doy las gracias a nadie en particular por el hecho de que yo sé lo que necesito. Me prescribe una cita para sacarme sangre, otra para endocrinología, y otra para oftalmología. Le pregunto más de tres veces “y… todo esto, ¿está incluido en mi plan de salud?” y me responde afirmativamente cada vez, obviamente confundida sobre lo que quiero decir cuando digo “plan.” Me pongo escéptica. Me escribe, también, una receta para insulina y otra para tiras reactivas, las cuales tendré que volver a recoger de mano de una enfermera. Ella se pone escéptica sobre el número de veces que me mido el nivel de glucosa en sangre al día (entre 7 y 10), entonces le doy un pequeño discurso sobre los beneficios probados del estricto control de niveles. Pero al final “el sistema aquí no da para tanto.” Eso está bien, me convenzo, porque aún tengo unas pocas reservas y tiempo para cambiar el mundo. Tengo que volver en una hora para recogerlas y para hablar con la enfermera.

Mi enfermera me entrevista sobre mis hábitos y mi último HbA1C. Después de unos momentos me revela que ella, también, es diabética tipo 1. No soy religiosa pero me dan ganas de alzar mis manos al aire y gritar “alabado sea el Señor!” Hablamos de tecnología médica y del sistema Americano de salud. Ella me felicita por mi educación, yo le felicito por su país (gracias por dejarme vivir, España!) “Es increíble cuando nos conocemos, no?” dice. Si, lo es. Hay menos que explicar. Hablamos el mismo idioma.

Salgo del centro de salud con una máquina nueva de medir glucosa en sangre y 250 tiras reactivas. Salgo cantando canciones de amor a España. Vuelvo a mi piso y leo una tesis doctoral sobre la sostenibilidad del sistema de salud Español porque no me creo lo que me acaba de pasar. Me siento como un ladrón y estoy realmente preocupada. ¿Cómo puede ser eso? me pregunto. Y ¿Cuándo llegará el torero del moroso a derrumbar mi puerta reclamando el dinero de los servicios sanitarios? Entiendo conceptualmente e intelectualmente, por supuesto, como puede ser sostenible: las tasas, la sociedad del bienestar, una creencia aceptada prácticamente universalmente de que el gobierno tiene la responsabilidad de cuidar a los que viven en su país. Pero hoy es el primer día de mi vida como diabética que he podido interiorizar el hecho de que, incluso a pesar de las limitaciones de salud universal, no tendré que preocuparme por poder conseguir los medicamentos más básicos e indispensables para mi sobrevivencia. Y para hoy, eso ya basta.

En Despertares, el difunto y grande Oliver Sacks escribe:

“Común a todos los mundos de enfermedad son las sensaciones de presión, de coerción, y fuerza: la pérdida del amplitud real y de la libertad y de la facilidad; la pérdida del equilibrio, de sentirse infinitamente preparada”

Sacks estudió y escribió sobre el cerebro humano. Contaba historias de gente que sufría enfermedades, frecuentemente debilitantes y casi siempre incurables. A pesar de la severidad de esas condiciones, Sacks hace referencia a la universalidad de la enfermedad. Y yo me encuentro diciendo “!exactamente!” para mí, vivir con una enfermedad crónica siempre ha supuesto, a grados mayores y menores, la sensación de que en un momento perdí esos principios básicos de la vida humana: elección, libertad, preparación. Hay días que la sensación pasa casi imperceptible y otros que me atrapa. Pero si esos sentimientos de pérdida son comunes a todos los mundos de enfermedad, así también son los de optimismo y aceptación.

Saber que no tendré que vender ni alma ni casa para poder sobrevivir con una enfermedad que yo ni elegí ni causé es un alivio que hasta hoy no había experimentado. Un alivio que no tiene precio.

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