Como Enfrentarse a “Los Comentarios”

Mi padre es irlandés y tiene un amplio repertorio de sabios refranes. Sonarán así porque lo son o porque escucharlos en su acento irlandés sureño hace que suenen de manera peculiar. Seguramente será una combinación de ambas cosas.

Mi padre dice muchas veces “a la gente le encanta opinar, no?” refiriéndose al cotilleo. “Pues déjales que opinen,” afirma en tono jocoso.

Pues sí, a la gente le encanta opinar, especialmente sobre lo que hacen y como viven los demás. De hecho, es un deporte internacional. Lo que a mí  me resulta un poco triste es que las opiniones radican en una comparación y la comparación, ya sabemos, es el ladrón de la felicidad. Así se podría decir que las opiniones son su forma más innocua. Otra cosa que a la gente le encanta es hacer comentarios desagradables. ¿Y porque no? ¡Se pueden hacer en cualquier lugar, sobre cualquier cosa! Se puede comentar sobre la manera que tiene una madre de criar a sus niños, sobre la dieta que acaba de empezar Javi, sobre el estado o aspecto del piso nuevo de María o incluso sobre el hecho de que tu amigo Bob no esté alcanzado su potencial en la vida—¡qué triste! ¿No ves? No hay nada fuera de juego. Está claro que una enfermedad crónica también es objeto de crítica.

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Ojala hubiera tenido un manual sobre cómo enfrentarme a la gente que dice tonterías sobre la diabetes cuando era adolescente. ¿Le habría hecho caso? No lo sé. Los manuales no son cosa mía, pero a lo mejor me habría venido bien algún tipo de guía simple. Bueno, puede ser que vivas en una isla de arco iris y unicornios y nunca hayas estado sujeto al tipo de comentarios a los que me refiero. Si esto es el caso, déjame explicarte.

Primero, que sepáis que no estoy hablando de las preguntas que surgen de la ignorancia. De hecho, no estoy hablando de preguntas. Cuando la gente me hace preguntas sobre la diabetes, muchas veces me entran ganas de abrazarles o cantarles I Will Always Love You al estilo Whitney Houston, o You Are The Best Thing por Ray Lamontange, por ejemplo. Estoy hablando de los comentarios que hacen algunos adultos, adultos que sospecho nacieron en una casa en la cual les dieron este discurso al nacer:

“Bienvenidos al mundo, José, Josefa. Solo hay una regla que tenéis que seguir aquí: di lo que quieras, y cuando quieras, porque siempre tenéis la razón! No hace falta ni que estudies ni que escuches a la gente. Nenes sois genios, más sabios que el Dalai Lama. Vayáis donde vayáis en este mundo, agárrate bien a tus creencias y nunca las analices. Duerme con ellas, levántate todos los días con ellas, nunca las sueltes. ¡Iros, hijos mios, informar al mundo que estáis aquí, y que sabéis más y mejor!”

Este tipo de gente hará comentarios como los siguientes:

  • ¡Tú no puedes comer eso!
  • ¡Ella no puede comer eso! (por razones desconocidas se verán obligados informar a otras personas)
  • ¡Nunca podría ser como tú. Odio las jeringuillas! (¡No digas, a mí me encantan!)
  • Ay, tienes el tipo malo… pobre.
  • Te puedes curar con tan solo controlar tus pensamientos, ¿sabes?
  • Hubo una falta de amor entre tus padres, por eso eres diabética.
  • Verte pincharte me da asco.
  • Habrás comido mucho azúcar en tu infancia…
  • Tu nivel es muy malo. Tienes que esforzarte más.
  • Los diabéticos no deberían tener niños.

¿Cómo se responde a estos tipos de comentarios? Mi método es lo siguiente:

Primero me pregunto: ¿esa persona me importa?

Si la respuesta es no, ya está. Hecho. Fin. Dale calabazas, ríete y a seguir con tu vida. Déjales que opinen.

Si la respuesta es si, me pregunto: ¿Esa persona está dispuesta a aprender?

Si la respuesta es que sí, me pongo el gorro de profesor e intento enseñarles. Se lo merecen.

Si la respuesta es que no, volver al principio. Saca las calabazas otra vez y marcha (físicamente si puedes, mentalmente si no).

Creo que eso es una de las cosas más difíciles y vitales que hay que aprender: no puedes enseñar a todo el mundo por el simple hecho de que no todo el mundo quiere aprender. Cuando la gente hace comentarios insensatos muchas veces es porque no saben… y no saben porque no tienen por qué saber. No hay que castigarles por eso, pero tampoco hay que aguantar la ignorancia deliberada. Mejor invertir tu tiempo y tus palabras en la gente que tenga las orejas y la mente abiertas.

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