De Miedo a Gratitud

Mi abuela envolvía gasas sobre la herida de mi abuelo. Hace poco le habían amputado la pierna sobre la altura de la rodilla.

“Uf, que asco!”

Lo dije desde el cómodo sillón de terciopelo, mientras mis propios pies sanos colgaban sobre el cojín. Mi abuelo suspiró.

Me diagnosticaron diabetes tipo 1 cuando tenía 8 años y un año después mi abuelo se murió de los complicaciones generadas por su caso de diabtes tipo 2 (muchos años sin detectar). No sé yo como los niños suelen enfrentarse a la muerte; el duelo es un mundo en sí mismo incluso para adultos. A lo mejor será más simple para los niños. En los mejores casos, no sienten ninguna conexión personal con el mundo del envejecimiento y la enfermedad. Quizás entienden que la muerte es final, pero permanecen infinitos e inmunes a su propia mortalidad.

En el funeral lloré. Miré fijamente mientras mi padre y mis tíos llevaban su ataúd sobre sus hombros y me pregunté donde iría. Después de comer en familia, mi prima y yo fuimos al parque. Nombramos a un roble nuestro “árbol de rezar.” Corrimos alrededor de su tronco, rezando, supongo, aunque nunca habíamos sido muy de la iglesia. Tenía 9 años y sabía que mi abuelo se había ido y que su partida tenía algo que ver con una enfermedad que yo también tenía. A pesar de las diferencias entre las raíces de su enfermedad y su tratamiento, ambos tuvimos un tipo de diabetes. Era vagamente consciente del hecho de que sus complicaciones potenciales eran las mismas. También sabía que tenía miedo, y corrí más rápido alrededor del árbol. Era consciente y tenía miedo de nuestra disfunción compartida mientras me movía a través de la infancia y hacia la adolescencia. La gente me dijo cosas insensibles que me hicieron sentir inadecuada y rara y rota y recordé mis dos palabras “qué asco!” con vergüenza. En las citas con los médicos, hablábamos de números y carbohidratos y las tasas basales, pero mis miedos seguían sin ser compartidos. No quería tenerlos, y mucho menos pronunciarlos.

Hace una semana fui a Marshall’s, una tienda lowcost que a mi novio le fascina porque “los vaqueros Levis son tan baratos!” En la entrada, hay una mesa para recaudar fondos para JDRF. Los deportivos de papel, firmados por donantes, decoran un tablón y hay fotos de gente con diabetes, jóvenes y mayores, pidiendo una cura. Una foto de un chico, 7 años, esta acompañada por su cita: “Quiero una cura para que otros niños no tengan que perder su infancia como yo la perdí.” La leo, trago aire, siento mis ojos mojándose, y entro rápidamente a la tienda, pensando no llores en el Marshall’s, que estás  loca perdida!

Mi vida ha sido  plena y no pienso parar. He aprendido y me he equivocado más veces de las que puedo contar. He estado tan contenta que casi me daban angustias, y también he sabido lo que es sentirse incapaz de levantarse de la cama (por razones raras, variadas y, más a menudo que no, no relacionadas con la diabetes). En mi casa, los miedos eran impronunciables. Todavía lo son. A los miedos, les cerré la puerta. Encontré un baño donde llorar, o un cuaderno donde escribirlos. Mientras me convertí torpemente en adulto, aprendí a cambiar mi foco desde el miedo a la gratitud.  Gratitud por la tecnología y la educación que me han dejado disfrutar una vida que hace 95 cortos años habría sido imposible; una vida que permanece fuera del alcance de muchos diabéticos en el mundo. Gratitud por una comunidad de gente cuyas experiencias son diferentes a las míos, y que me ofrecen perspectiva. Gratitud, incluso, por los momentos tan intensos de miedo e incertidumbre. Son los sentimientos que, para bien o para mal, me han convertido en una persona que respeta la historia de cada persona. He conocido y he querido y me he inspirado en gentes que han vivido vidas diferentes y más difíciles que la mía. También he conocido y he querido a gentes cuyas luchas les han hundido, no porque fuesen débiles, sino por razones tan exasperantes como una falta de acceso y/o un tan sin sentido como es “la casualidad.”

Aun así, recuerdo las ocasiones en que yo también sentí que había perdido una infancia despreocupada. Me pregunto si, a lo mejor si no estuviéramos tan inclinados a tragar y soportar nuestros miedos, a respirarlos en los baños y escribirlos en cuadernos en vez de contarlos a los que nos quieren, aprenderíamos aceptarnos más pronto que tarde?

En las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg escribe:

“Existen dos especies de silencio: el silencio consigo mismo y el silencio con los demás. Una y otra forma nos hacen sufrir igualmente. El silencio con nosotros mismos está dominado por una violenta antipatía que nos invade hacia nuestro propio ser, por el desprecio hacia nuestra misma alma, tan vil que no merece que le digan nada. Está claro que hay que romper el silencio con nosotros mismos si queremos intentar romper el silencio con los demás. Está claro que no tenemos ningún derecho a odiar a nuestra propia persona, ningún derecho a callar nuestros pensamientos a nuestra alma.

… El silencio cosecha sus víctimas día a día. El silencio es una enfermedad mortal.”

Mientras el camino de cada cual es diferente, nuestras maneras de entender la vida son distintas, creo que todos nos beneficiamos del poder decir “yo también tengo miedo,” de tener las conversaciones difíciles para dejar el espacio libre a todas las conversaciones que reconocen lo mucho que hemos ganado, y lo que queda por conseguir.

2 thoughts on “De Miedo a Gratitud”

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